EL HOMBRE, ¿LO CREÓ DIOS O VIENE DEL MONO?


Como biólogo y creyente, ¡cuántas veces se me pide que aclare esta cuestión! Frecuentemente la pregunta es bien intencionada. Muchos cristianos tratan de clarificar esta aparente disyuntiva entre lo que nos dice el Génesis y lo que se presenta como una verdad científica apoyada en las propuestas que hiciera el naturalista inglés Charles Darwin en el siglo XIX.

 En honor a la verdad, este dilema tiene fácil resolución desde el momento en el que se entiende que ambas posibilidades no se encuentran en el mismo horizonte, sino que se encuentran en dos niveles distintos de la realidad. Por ello, ambos hechos, creación o evolución biológica, responden a dos preguntas distintas situadas en esferas diversas. El problema solo se plantea cuando las dos cuestiones y, por ende, las preguntas de las que derivan estas respuestas, quieren resolverse como una única cuestión o hecho. Este enfoque incorrecto lleva consigo forzar la realidad artificializándola. Es decir, nos plantea un escenario falso. Ahora bien, si cada cuestión se mantiene en el nivel que le corresponde y no entra en el que no le compete, la niebla se disipa.


Antes de referir las dos cuestiones y contestarlas adecuadamente, creo conveniente traer a colación las dos dimensiones en las que se sitúan.



Respecto a la evolución biológica


Hemos de distinguir dos aspectos que se suelen confundir como uno solo. Uno es el hecho de la evolución de la vida a lo largo de la historia de la Tierra. El otro es el mecanismo por el que este dinamismo tiene lugar.  Del primero hay un consenso generalizado en el mundo científico especializado en el tema. Del segundo hay más disparidad, a pesar de la aparente imagen de uniformidad que se presenta a la sociedad.



 
  Cráneo de chimpancé (Pan troglodites)



El origen del hombre según la visión judeocristiana


Desde este nivel, el hombre es una realidad constituida por dos componentes que lo constituyen singularmente: cuerpo y alma. El cuerpo del hombre sería el resultado de una materia bruta ordenada y dinamizada por el alma; “es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual” (CEC 364). El alma es el principio espiritual del hombre. El alma es la que otorga la individualidad a cada ser humano, revelada por ejemplo en la autoconciencia.

Diversas características del hombre denotan un componente que lo hace estar muy por encima de las capacidades que le podría otorgar la materia, por muy organizada que esta estuviera -incluyendo al cerebro-. Esto es así porque muchas de sus manifestaciones (amor, libertad, moralidad…) escapan del nivel puramente material, pertenecen a otro estrato de la realidad. Y son estas expresiones las que hacen al hombre quien es, no sus estructuras corporales, que son las abordables por las ciencias empíricas. Estas manifestaciones específicamente humanas escapan totalmente de la acción de las ciencias empíricas, tanto por su objeto como por su método.


El cuerpo de cada ser humano procede del acto generador de sus padres a través de la reproducción sexual. Sin embargo, el alma, al pertenecer a un orden no material de la realidad, no es generada por los padres, sino que emana de un acto creador específico de Aquel que tiene poder para ello: Dios.



¿Qué dice la ciencia empírica del origen del hombre? 


La ciencia oficial fragua su propuesta en el marco de la teoría darwiniana a través de su versión moderna predominante, la teoría sintética. Los hombre actuales, nosotros, seríamos el resultado de pequeños cambios graduales dados en los últimos pocos millones de años a partir de un ancestro que compartiríamos con los monos. Esta afirmación se apoya en un registro fósil tremendamente incompleto, lo que da lugar a numerosos árboles filogéneticos, frecuentemente irreconciliables entre sí. Estos árboles tratan de representar qué especies vienen de qué otras, estableciendo así parentescos evolutivos.

Cráneo de Australopitecus

Todo lo que sabemos de las especies de homínidos que han poblado la Tierra, con la excepción de Homo sapiens, lo hemos obtenido a partir de sus restos fósiles y de objetos encontrados donde vivieron o los enterraron. Es decir, todo el conocimiento se refiere principalmente a huesos y, a partir de estos, de marcas dejadas en ellos (músculos, tendones…). Todo lo demás es especulativo.


Interrelación entre la especie humana (Homo sapiens) y la aparición del primer ser humano


Volvamos a lo apuntado al principio: ¿cuáles son las dos cuestiones que deben ser separadas y su interrelación?


-          - Desde el ámbito del empirismo científico: ¿cuándo surge el primer o los primeros individuos que constituyen ya la especie humana (Homo sapiens)? 

-          - Desde la antropología judeocristiana: ¿cuándo se puede decir que surge el primer ser humano?


Como ya se ha indicado, son preguntas distintas que pertenecen a ámbitos distintos y que, por lo tanto, también tendrán respuestas diferentes.


La primera pregunta es difícil de responder, no solo por el desconocimiento e incertidumbre antes mencionados, sino porque, asumiendo que el proceso evolutivo tiene lugar de forma gradual (teoría sintética), ¿cuándo se deja de ser la especie precedente y cuándo se produce el primer individuo de la especie derivada? Si un proceso es gradual, no hay discontinuidad. Muchos científicos apuntan a que Homo sapiens, el hombre moderno (nuestra especie), tiene una antigüedad de entre 100.000 y 200.000 años y que surgió de otra especie de homínidos (algunos señalan a Homo erectus).

Cráneo de  hombre de neanderthal (Homo neanderthalensis)

La respuesta a la segunda pregunta es: cuando Dios puso un alma humana en un individuo que había adquirido el desarrollo y complejidad material determinada por Él. Pudo ser H. sapiens u H. erectus u H. habilis… Fue en aquel o en aquellos individuos que habían alcanzado un nivel arquitectural físico capaz de recibir el alma humana. Lo que sí es verdad es que, una vez recibida, la singularidad resultante era algo cualitativamente distinto a lo anterior (incluidos los padres biológicos).

 Cráneos de neandertal (izquierda) y de hombre moderno (Homo sapiens)


La convergencia de ambos fenómenos, el físico y el espiritual, en los mismos individuos tiene lugar una vez que Dios insufla el alma humana. Desde el punto de vista antropológico, la inserción por parte de Dios de un alma humana por primera vez en uno o varios individuos supone realmente un acto creador. Esto es así porque el resultado de este acto es uno o unos seres totalmente novedosos. Resulta la irrupción de algo que no tenía precedente alguno en toda la historia del cosmos. El ser humano, siendo una realidad material, la supera totalmente. Por eso Hegel llegó a afirmar que el hombre es la "conciencia del universo" o, dicho de otra manera, en el hombre el universo tiene conciencia de sí mismo. Esta realidad solo puede darse porque posee en sí una dimensión no material que supera las estrecheces y limitaciones de la materia.

De aquí que la disyuntiva que da título a esta subida es falsa. Perfectamente pueden ser los dos fenómenos. Es más, tuvieron lugar los dos fenómenos. A lo largo de un proceso evolutivo, cualquiera que fuera su mecanismo, se dio lugar al sustrato que estaba a la altura, según los planes de Dios. Ese sustrato, que puede ser encuadrado científicamente en una especie determinada, conocida o aún por conocer, supuso el receptáculo idóneo para recibir esa alma creada individualmente por Dios. Si fue Homo sapiens, Dios no tuvo por qué poner el alma en el o los primeros individuos. Pudo hacerlo en la enésima generación. O pudo hacerlo en una especie paleontológica anterior.

Ahora bien, en el momento en el que Dios vio conveniente, insertó un alma humana en un cuerpo de homínido. El ser orginado de esta "fusión" nada tenía que ver con sus padres. El cuerpo quedó absolutamente alterado en sus manifestaciones. La mirada de ese primer o primeros seres humanos fue totalmente inédita en el cosmos. Su cerebro empezó a percibir la realidad de una manera trascendente. Su constitutivo espiritual capacitó a ese cerebro para que, de su mano, pudiera percibir la realidad desde un estatus supramaterial. Miraba no solo su exterior, sino a su propia corporeidad tratando de comprenderla. El ser humano recién creado comenzó a preguntarse el por qué de las cosas, del mundo, de la naturaleza..., hasta de su propia existencia. Su atalaya sobre la materia le hizo entender que la realidad física, incluida la propia, no podía satisfacer sus deseos más profundos. Anhelaba una realidad que no era capaz de contentar mínimamente su cotidianidad material. Solo una existencia trascendente se presentaba como la meta natural de sus aspiraciones. Esto solo puede ser entendido si posee un alma humana que anima a su cuerpo material. Su Causa le reclamaba como su Fin. Empezó a entender que la existencia terrena era un viaje de ida y vuelta. Todas estas manifestaciones, claras en prácticamente todos los pueblos de la Tierra, denotan la presencia en cada ser humano de un alma. Y esta alma nos hace ser quienes somos. Esta alma no puede deberse a la materia porque la supera. Esta alma solo puede ser creada por el Creador.

Pero, aunque no es el tema de esta entrada, creo conveniente traer a la consideración el hecho de que cualquiera que haya sido el mecanismo evolutivo que haya tenido lugar, a la luz de lo que conocemos del cosmos -tanto en sus niveles no vivos como en los que contienen y constituyen la vida-, el universo material ostenta un orden y una complejidad imposibles de alcanzar sin una inteligencia directora. La inteligencia es algo que reside en un ser. Obviamente, este ser es Dios.

Por ello, al final, Dios es su causa tanto del fenómeno evolutivo como de la acción particular creadora de cada alma humana. Es la causa de la construcción del patrón estructural del cuerpo humano a través de las leyes naturales puestas por Él para dirigir el devenir del cosmos. Y es la causa del ser humano al insuflar en cada uno personalmente el aliento de vida (Gn 2, 7) que es el alma.

Concluyendo, las dos cuestiones de partida no solo no son contradictorias, sino que se demandan recíprocamente. Una necesita a la otra para entender de manera plena al ser humano, en su origen y en cada persona.

 

Nota: todas los cráneos (reconstrucciones) han sido fotografiados en el Museo de la Ciencia y del Agua de Murcia